En el rincón donde la Guajira se funde con el horizonte, allí donde el agua es un tesoro y el viento nunca calla, se acaba de encender una luz de esperanza. La entrega de la Institución Etnoeducativa Integral Rural de Villa Fátima-Ovidio González no es un evento cualquiera; es un acto de soberanía educativa en pleno desierto.

Después de años de abandono estatal, los niños Wayúu y las familias de la zona ven cómo las promesas de escritorio se transforman en paredes firmes y techos seguros. Aquí, en el corazón del departamento, la educación deja de ser un privilegio de la ciudad para convertirse en un derecho que camina entre las rancherías.

Este logro lleva el sello de una apuesta clara por la justicia social. La presencia de esta infraestructura es el reflejo del compromiso del presidente Gustavo Petro con la educación como el motor del cambio real. No se trata solo de inaugurar salones, sino de cumplirle a una región que por décadas fue invisible para el centro del país. Para este Gobierno, dignificar el aprendizaje en la zona rural de la Guajira es una prioridad innegociable; es poner el Estado al servicio del pueblo, asegurando que un joven en Villa Fátima tenga las mismas herramientas para soñar que cualquier otro en la capital.

Al final de la jornada, lo que queda es el eco de las voces de la comunidad que celebra este nuevo capítulo. Ver la sede Ovidio González terminada es la prueba de que, cuando hay voluntad política, los recursos llegan hasta el último rastro de arena. Esta obra es un puente hacia el futuro que respeta la identidad de la casta y el linaje, pero que abre las puertas a la ciencia y al saber universal. En Villa Fátima, la educación pública sacó pecho y demostró que el compromiso con el norte del país está más firme que nunca.

