Por: Laura Prada – Comunicadora Social y Periodista
Urge volver a poner en la conversación el acoso callejero. Esa carga invisible que nos obliga a planear cada recorrido, a calcular los tiempos y a cuidar por dónde ir para evitar pasar por una obra en construcción, una bodega solitaria o al acecho de un taxista.
Durante años hemos cargado con el absurdo mito de que la violencia se previene con la ropa. Sin embargo, ya ni siquiera importa cómo vayamos vestidas, porque el simple hecho de ser mujer se ha convertido en la excusa número uno para ser acosadas.
Hace unos días caminaba por mi ciudad con jean, una blusa larga y sin escote, y con un morral a la espalda. Por primera vez en muchos meses me animé a salir sola y sin carro porque mi destino quedaba a treinta minutos de casa. Pasé por una obra en construcción —un trayecto que ya había transitado antes acompañada— y, después de mucho tiempo, volví a escuchar las palabras de siempre: “buenas, mi amor”, “¿para dónde tan sola?” e incluso un repugnante “uff, delicioso”. Me sentí tan vulnerable, sin voz para defenderme y con unas ganas inmensas de salir corriendo, que en cuanto llegué a mi destino lo único que experimenté fue un profundo alivio.
Poco después recordé a un par de chicas que hace un mes denunciaron en redes sociales el acoso por parte de dos hombres que iban en un taxi mientras una de ellas manejaba y la otra iba de parrillera. Ambas acababan de salir del gimnasio, vestidas con licra larga y camiseta oversize. Al escuchar los comentarios de sus acosadores, decidieron alzar la voz y responderles. Lejos de detenerse, los hombres se bajaron del vehículo amenazando con golpearlas y luego las persiguieron hasta que ellas lograron encontrar un refugio.
Entonces, ¿tampoco podemos defendernos ante la intimidación? La cruda realidad es que no tenemos formas reales de defendernos, ni siquiera desde lo legal. Actualmente en Colombia no contamos con una ley específica que nos proteja de aquellos hombres que, en muchas ocasiones, cruzan la línea y nos manosean en medio de un callejón solitario. Pienso en esas jóvenes estudiantes que día a día denuncian acosadores cerca de sus universidades, intentando advertir y cuidar a otras para que no terminen siendo víctimas de algo mucho más grave, como un posible abuso.
Esto no va de “piropos” ni de halagos inofensivos; se trata de una forma de violencia normalizada que busca intimidarnos, ejercer poder y expulsarnos del espacio público. Limita nuestro derecho a transitar con libertad y nos obliga a elegir las rutas más seguras en lugar de las más libres.
La pregunta ya no es cuántas veces tendremos que cambiar de camino, sino a qué número de casos de acoso callejero, agresiones o feminicidios tendremos que llegar en el país para que el Estado actúe. Mientras naciones de nuestra región como Perú, Argentina, Chile y Costa Rica ya cuentan con leyes, ordenanzas y normativas claras que castigan al acosador y protegen a la mujer, en Colombia seguimos desprotegidas en las esquinas, en los callejones y frente a los vacíos de la justicia.
El espacio público también es nuestro. Volver a poner este debate sobre la mesa no es un capricho, es una urgencia democrática: la seguridad de las mujeres no puede seguir dependiendo de la buena suerte de llegar a casa a salvo.

